con-ciencia

Un blog de Angela Posada-Swafford sobre ciencia, exploración y las cosas extrañas con que me encuentro durante algunos de mis reportajes./ A BLOG ABOUT COOL SCIENCE, EXPLORATION, AND SOME PERSONAL ADVENTURES IN SCIENCE REPORTING.

lunes, 25 de mayo de 2009

Del virus real, a uno literario

Cuando el rollo de la gripe H1N1 estalló en los medios como bomba atómica, me hallaba (y me hallo) en pleno proceso de escribir el libro #8 de mi serie Los Aventureros de la Ciencia, “Un Enemigo Invisible”. El ejercicio desde entonces ha sido sumamente interesante para mí porque es como si parte de mi novela de aventuras para jóvenes sobre los virus hubiese cobrado vida.
A los pocos días de haberse iniciado el circo mediático en EE.UU., tomaba yo un avión a Colombia vía Panamá. Al bajar del avión me recibió un funcionario con una máscara en la cara y otra en la mano. El aeropuerto estaba lleno de gente enmascarada, mirando temerosamente a los que no la llevábamos puesta, que éramos la otra mitad. El maniatismo con la lavada de las manos (eso está muy bien) competía con el terror a tener multitudes bajo un mismo techo. La gente instintivamente se alejaba una de la otra, como repelida por un imán puesto al revés. Era fácil ver cómo ese susto podría llevar a convertirse en una situación de fobia y odio y violencia entre unos y otros. Parecía salida de mi Capítulo 14.

No tuve más remedio que sonreír irónicamente: yo me dirigía a un sitio que agruparía a 7,000 personas al día durante tres días. Imposible concebir mejor criadero de nuevos casos de H1N1. Lo cierto es que la parte social y antropológica de la pandemia me han servido como investigación invaluable para Un Enemigo Invisible. También me han aguijoneado para aprender más sobre el virus. Desde que comencé a escribir sobre el tema, innumerables cazadores de virus en los Centros para el Control de las Enfermedades, y del USAMRIID, concluyen las entrevistas con la ominosa frase de que lo que les quita el sueño es el día en que un virus animal para el cual no tenemos defensas mute a nuestra especie y cause una matazón de proporciones bíblicas. Y ahora, ese miedo de unos cuantos científicos ha pasado a la conciencia pública.

Pero, ¿qué exactamente es el H1N1, la gripe porcina? ¿Es la misma terrible influenza de 1918, el H5N1, la gripe aviar? ¿Qué hizo a este otro virus tan horriblemente mortal versus éste, cuya mortalidad ha sido hasta ahora muy limitada? ¿Cuál es el secreto? Si supiéramos la respuesta, podríamos identificar alguna mutación genética entre los virus actuales que nos diga en qué momento de su evolución se dio este giro letal. Hace unos años unos científicos algo locos sacaron muestras del ARN del virus del infierno de tejidos de sus víctimas enterradas en la tundra de Alaska. Cuando la secuencia genética fue codificada, les fue posible comenzar a manipularlo. Y aunque científicos en Japón han podido establecer el valioso conocimiento de que la virulencia del la influenza de 1918 está asociada al complejo de polimerasa del ARN del virus, aun no es suficiente para fabricar una vacuna contra ésta o la otra influenza.

Y el problemilla con las drogas Tamiflu y Relenza, que muchas personas toman como la tabla de salvación, es que sólo funcionan cuando hay un factor de suerte. Las medicinas bloquean una proteína clave (la neuraminidasa, de ahí la “N” en el nombre del virus) que usa el virus para conectarse a la célula víctima. Y como sucede con los antibióticos, desde que los infectados con la gripe aviar las han ido usando, el condenado virus ha creado una resistencia a ellas. En otras palabras, para ganar una guerra hay que conocer al enemigo. Y los camaleónicos H5N1 y H1N1 no se han dejado estudiar bien.

Del Capítulo 6, “Un Enemigo Invisible”

Un virus no es precisamente una criatura viva. Es más bien como un robot. No tiene un sistema para tomar comida o para respirar. No tiene personalidad. No tiene cerebro. Solo tiene una tarea: apoderarse de las células de otras criaturas. La mayoría de los virus son partículas pequeñísimas que recuerdan bolas de pimienta o granos de polen. Otros han sido comparados con hebras de cuerda enredada. Cuando invaden los organismos parece como si alguien hubiera tirado al piso un plato de espagueti.

Cada partícula de un virus es una pequeña cápsula de membranas y proteínas. La cápsula contiene una o más hebras de ADN, las cuales son largas moléculas que a su vez contienen el programa del software para hacer una copia del virus. Algunos biólogos clasifican a los virus como “formas de vida” porque estrictamente no se sabe si están vivos o no. Los virus son “ambiguamente” vivos. O sea, ni están vivos, ni están muertos. Su existencia transcurre en las fronteras entre la vida y la “no vida”. Los virus que están fuera de las células simplemente se sientan allí, nada pasa y no hacen nada. Están muertos, o dormidos. Pueden formar cristales. Pero, cuando las partículas de virus entran en la sangre o en las mucosidades, entonces se “despiertan” y adquieren una consistencia pegajosa. Si una célula pasa por ahí y toca al virus, el virus se le pega a la célula. La célula siente al virus pegándosele y lo que hace es que abraza al virus y lo deja pasar a su interior porque confunde esa pegajosidad con la de algo conocido. Una vez dentro de la célula, que es enorme en comparación al virus, el enemigo revela su verdadera identidad: se convierte en un caballo de Troya. Algo en su interior se despierta y comienza a replicarse, secuestrando la maquinaria de la célula.

Un virus es un parásito. No puede vivir por si solo o por sus propios medios. Sólo puede fabricar copias de sí mismo dentro de una célula usando los materiales de la célula para hacer su trabajo sucio. Lo curioso es que todos los seres vivos pueden llegar a tener virus dentro de sus células. Incluso los hongos y las bacterias están habitados por virus y ocasionalmente son destruidos por ellos. Es decir, las enfermedades tienen sus propias enfermedades.

Un virus hace tantas copias de sí mismo dentro de una célula, que eventualmente la célula estalla, y los virus se derraman y salen de allí en busca de otra célula, para infundir el mismo caos, y así sucesivamente. O los virus pueden salir a través de la pared de una célula como gotas de algo que sale de una llave del agua: drip, drip, drip. Así funciona el virus del SIDA. La llave del agua gotea y gotea hasta que la célula queda exhausta, consumida y destruida. Si suficiente cantidad de células son destruidas, el anfitrión muere. Pero un virus no “quiere” matar a su anfitrión. No le conviene porque entonces el virus podría morir también, a menos que pueda saltar lo suficientemente rápido del anfitrión moribundo a otro anfitrión.

Eso mismo era lo que había hecho este virus en Bolivia. Dentro del cuerpo de Lucas, el asesino que había matado a las dos terceras partes del poblado de Canzanboira en quince días, había obligado a las células a dejar a un lado sus funciones vitales, para dedicarse única y exclusivamente a hacer copias a una velocidad asombrosa, creciendo exponencialmente. En ese sentido el virus se comportaba como una máquina, estrictamente mecánica, no más viva que un martillo eléctrico. Era como un tiburón molecular, un motivo sin una mente. Compacto, duro, lógico, totalmente egocéntrico, el virus que había atravesado un continente como polizón a bordo de una especie de primate que era inmune a él, había encontrado la fábrica perfecta, el nuevo motivo para su razón de ser: un país repleto de seres humanos.”

3 comentarios:

Blogger RosaMaría ha dicho...

Qué interesante y qué bien relatado! Un abrazo sin virus (por ahora).

martes, junio 09, 2009  
Blogger Tere ha dicho...

Hola! Precisamente vengo ahora mismo del blog de Rosa María, allí tiene un enlace recomendando tu blog, que no tiene desperdicio. Enhorabuena :)

viernes, junio 12, 2009  
Blogger angela ha dicho...

Gracias Tere, Rosa Maria!!!
Un cordial saludo a las dos!!!
angela

viernes, junio 12, 2009  

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