con-ciencia

Un blog de Angela Posada-Swafford sobre ciencia, exploración y las cosas extrañas con que me encuentro durante algunos de mis reportajes./ A BLOG ABOUT COOL SCIENCE, EXPLORATION, AND SOME PERSONAL ADVENTURES IN SCIENCE REPORTING.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Científicos: ¡A bailar sus tesis de doctorado!


Que la comunicación de la ciencia está cada vez más digitalizada, “internetiada” y puesta en plataformas realmente distintas, es cada vez más evidente. El último ejemplo me lo encontré ayer revisando la revista Science Online…Resulta que la Academia Americana para el Avance de la Ciencia / AAAS, se inventó un concurso según el cual se invita a los científicos a presentar sus tesis de doctorado en forma de un baile…en YouTube. El concurso “Baile su Doctorado” es internacional y está abierto a cualquiera que esté persiguiendo este título en cualquier disciplina científica.

A los solicitantes se les pidió que hicieran su propio video de sus tesis de doctorado y lo colocaran en YouTube, para ser juzgado por un panel de nueve jueces conformado por los tres ganadores del año anterior, tres científicos de la Universidad de Harvard, y tres directores artísticos de la compañía de baile Pilobolus. Una vez escogidos, los científicos ganadores pasan a recibir entrenamiento de los coreógrafos profesionales para desarrollar sus investigaciones publicadas en revistas científicas en un ballet completo que debutará en la reunión anual de la AAAS, que en el 2009 tendrá lugar en Chicago.
Los cuatro videos ganadores se pueden ver aquí.

Yo siempre he dicho que me encantaría hacer un video rap de algún tema complicado, como la física de partículas o la genética. Lo único que me detiene es que no sé si ponerme casco, o un tocado de plumas.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Mi loca expedición con la WWF

Inia geoffrensis es una de las tres especies de delfines de rio que habitan el Amazonas.


El mágico y primitivo delfín rosado del río Amazonas, que las leyendas aseguran es una persona disfrazada; el “oso de anteojos”, el único oso del continente suramericano, que habita en los bosques andinos del interior del país; la tortuga marina del Pacífico y las nuevas técnicas para salvarla de su captura incidental; la exótica Isla Gorgona, la “Papillón” colombiana, ahora convertida en un laboratorio natural único en su género, dueña de una increíble cantidad de serpientes que cuelgan como lianas de sus selvas.

Son los cuatro lugares que estaré visitando a partir de la semana entrante y hasta mediados de diciembre, en una serie de expediciones en Colombia con biólogos de la World Wildlife Fund, esa reconocida NGO ambiental del oso panda en su logo. Las salidas, que llevo trabajando desde hace un año, pintan como un cruce entre expedición Von Humboldt, filmación de Animal Planet y aventura con Jacques Cousteau.

Quiero ir al Amazonas, al “río de los mil ríos”, porque es uno de los últimos reductos tropicales realmente salvajes que nos quedan. Y quiero hacerlo siguiendo a un biólogo. Quiero aprender sobre esta ecología, que obliga a los peces a comer frutos de los árboles inundados, y a los extraños delfines de cuello cauchudo a nadar por entre sus ramas sumergidas como si fueran aves en un jardín. Quiero entender lo que el calentamiento global, la deforestación, la minería, la pesca y la pérdida de identidad de las culturas, están haciendo con el pulmón del mundo y los bosques de niebla. Quiero poder capturar la saga del elusivo oso de las brumas, cuyo antifaz realmente recuerda un par de gafas. Y quiero conversar con los pescadores artesanales acerca de los ires y venires de su recurso de vida.

Pero la logística del viaje se me ha venido encima. Y ese detrás de las cámaras de un periplo a tres climas donde abundan la malaria, la fiebre amarilla y el dengue, no es cualquier cosa. Entre las vacunas contra la fiebre amarilla, el tifo y la hepatitis, los mosquiteros, los repelentes ecológicos, las botas pantaneras, las pastillas curativas de la malaria (crucemos los dedos), la ropa inteligente, el hidrófono para grabar los sonidos de los delfines bajo el río (un lugar tan opaco que ha forzado a los residentes a comunicarse a voces), la cámara de video sumergible para captar algo fantasmagórico entre las aguas llenas de taninos, el resto de la electrónica y los equipos de buceo, la cosa se complica sobremanera.

Pero bueno. Yo misma me inventé todo este rollo. Y ahora, ¡hay que pasar por el! Me satisface mucho ver la clase de respuesta que he obtenido con esta iniciativa: No solo el apoyo de la WWF, y su jefe de prensa en Colombia, Julio Mario Fernández, sino el de mis compañeros de grupo: Mauricio Granados, mi fotógrafo de cabecera y gran amigo, ayudado por su valiente esposa, Eliana. Mis amigas biólogas Paula Torres Londoño e Yvonne Valcárcel, que no dudan un instante en meterse entre la espesura, con una sonrisa en los labios. Y la querida Familia Largacha, encabezada por el intrépido Andrés, que además de ser absolutamente genial y divertido, tiene la ventaja de ser agente de viajes, lo cual ayuda muchísimo.

Espero poder contar poco a poco sobre la expedición, a medida que tenga acceso a Internet. Por lo menos, me prometo a mi misma hacer un diario, que habré de compartir con los lectores de este blog.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Nosotros los virus


Este titular no es algo poético, ni una metáfora. Es algo real. Literalmente todos nosotros tenemos genes de virus muertos en nuestros genes. Desde el comienzo de la vida, los virus han estado infectando a nuestros ancestros distantes, añadiendo su propio ADN al material genético que pasan de generación en generación. Una vez estos virus invadieron nuestros genomas, a veces hacían nuevas copias de sí mismos, que terminaban “pegándose” a otras regiones de nuestros genes. A lo largo de muchísimas generaciones, estos virus mutaron y perdieron su capacidad de moverse. Es como si cada tanto nuestro alfabeto de cuatro letras estuviese manejado por un editor irresponsable.

En otras palabras, nuestro genoma está lleno de los cadáveres de estos diminutos virus que durante millones de años usaron los genes de nuestros ancestros como si se tratara de su propia casa.

Y sucede que a medida que estos trozos de ADN viral saltan de un lado al otro de nuestro genoma, pueden causarnos mucho daño. Pueden perturbar los genes, haciendo que dejen de producir proteínas esenciales. Cientos de enfermedades genéticas han sido ligadas a estos saltos de ADN viral.

No obstante, algunos de éstos invasores han evolucionado en formas útiles. Por ejemplo, algunas tiras de ADN viral han aprendido a fabricar genes de RNA que les sirven mucho a nuestras células. Otros se han convertido en “puertos” a los cuales las proteínas pueden anclarse y hacer su trabajo de encender ciertos genes cercanos. Los expertos los ven como materia prima de innovación, y biólogos moleculares de todo el mundo estudian esta nueva area de la genética.

La próxima vez que piense en sus genes, es buena idea que vaya desechando la noción clásica de que su ADN está compuesto de genes, en medio de los cuales hay algo del erróneamente llamado “ADN-basura”. En realidad, nuestros genes flotan como islitas en un mar gigantesco de material genético que apenas comenzamos a identificar. Un mar hecho de cosas como trozos de virus fosilizados, exones, pseudogenes y otro montón de criaturas raras.

domingo, 9 de noviembre de 2008

La brújula fotomagnética de las aves migratorias



Conozco personas cuyo sentido de orientación es tan terrible, que no pueden salir a la calle sin un GPS mecánico o humano, que les indique dónde queda qué cosa. Menos aún, pueden señalar la Constelación Gemini. En cambio hay avecillas que pesan un tercio de onza, capaces de navegar de un continente a otro guiándose por las estrellas, los campos magnéticos de la Tierra, marcadores geográficos, olores, y otros métodos de orientación –sin necesitar instrucciones de sus padres. Ellos tienen su propio GPS interno –esos que no requieren pilas.

Pero un grupo de investigadores en las universidades de Princeton, Oxford y Oldenburg descubrió algo aun más interesante: que las aves migratorias tienen además un compuesto de proteínas en sus retinas que actúa como una brújula fotomagnética. Cuando se la ilumina con la luz azulosa típica del anochecer, la molécula, llamada CPF por sus siglas, sufre una reacción química que produce otro compuesto que es sensible a la magnitud y la dirección de un campo magnético débil. Y esa reacción química hace que dos electrones giren en direcciones opuestas, obligándolos a alinearse y a proveer una locación fija que ayuda a las aves a encontrar el rumbo hacia el norte o hacia el sur.

Es como tener enfrente esa pantalla de los aviones de combate, que en el caso de las aves les “pinta” en la cabeza la orientación de las líneas del campo magnético de la Tierra. Unas 50 especies de animales que van de aves hasta insectos y reptiles, usan el campo magnético natural para navegar. Y se llama “débil” porque apenas produce de 30 a 60 millonésimas de tesla. Ahora compárelo con el magnetismo producido por los escaners para imágenes de resonancia magnética (MRI), que van de 1.5 a 3 tesla. Aquí está el informe de la National Science Foundation.

El problema con el campo magnético débil natural de nuestro planeta es que es el mismo nivel de magnetismo producido por cosas hechas por la gente, tales como los cables de la electricidad pública y los equipos de comunicaciones…los cuales tienen el enorme potencial de echar por tierra la navegación animal.

Todo este asunto del magnetismo y la navegación es genial, y hace rato que sabemos de ello. En 1975 se descubrió que incluso hay bacterias que tienen una cadena de 20 imanes alineados dentro de sus diminutos cuerpos. Son partículas de 50 millonésimas de metro, 1,500 veces más delgadas que un cabello. Y ayudan a las bacterias a navegar en sus pequeños charcos. Desde entonces, los científicos han hallado partículas magnéticas en moluscos, mariposas, tortugas marinas, salmones, delfines, ballenas de barbas, abejas, y desde luego, en palomas mensajeras.
Pero resulta que esos imanes también pueden crear un caos dentro de los animales migratorios.

En el 76 un ecólogo sueco descubrió que las aves migratorias se confundían terriblemente cuando volaban encima de un “chichón” muy conocido en el campo magnético del planeta. Ese chichón es un depósito de hierro de 12 kilómetros de ancho y dos de hondo que hay en Norberg, en Noruega. ¡Y los pobres pájaros aún se ven forzados a realizar aterrizajes de emergencia!
Alguien debería colocar un letrero de advertencia:
“Peligro: Chichón magnético a 50 kilómetros. Palomas, usen desvío a la derecha. Gorriones, utilicen el corredor aéreo B. Gavilanes, manténgase a bajas alturas”.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Corazón fantasma




La primera vez que vi algo semejante fue en el laboratorio del ingeniero de tejidos Bob Langer en MIT, por allá en el año 2000, cuando yo cursaba mi fellowship para periodistas de ciencia: Langer se había fabricado una nariz. Y la tenía allí expuesta, sobre un andamio de polímeros que había sembrado con células de cartílago de nariz, los cuales estaban obligados a seguir la forma del andamiaje. Era muy extraño, ver esa nariz blanquecina y blandita. Pero perfecta.

Ahora leí que la investigadora Doris Taylor, de la Universidad de Minnesota, se ha fabricado un corazón. Un corazón de ratón. Esto fue lo que hizo: tomó el corazón de un ratón y lo lavó con detergentes especiales, hasta quitarle todas sus células, y dejar únicamente una matriz extracelular, una especie de esqueleto casi transparente. Acto seguido tomó este “corazón fantasma” y lo repobló con células vivas de corazón de ratón. Luego se sentó a esperar.

Cuatro días después: ¡voilá! Las células se habían instalado como en su casa, y Taylor pudo ver cómo en algunas partes de la matriz, ya había montoncitos de ellas latiendo aquí y allá. A los ocho días el nuevo corazón estaba latiendo rítmicamente. Aunque los científicos ya han creado células de corazón en el laboratorio, la idea hasta ahora era insertarlas en el corazón dañado del paciente. Pero esa no es una panacea. En cambio, inventarse un corazón entero, sí que sería la solución para arreglar todos esos corazones rotos de los millones de personas que esperan un donante, y que cuando aparece es rechazado muchas veces por sus sistemas inmunológicos.

Pero Taylor no paró ahí, sino que hace poco logró inventar la manera de repoblar ese corazón nuevo con vasos sanguíneos. Básicamente, su enfoque es más simple y realista que el de otros investigadores que proponen comenzar desde cero. Porque Taylor comienza a partir de un corazón existente, y lo que hace es quitarle las células viejas para ponérselas nuevas. Entonces queda liberada de todos los problemas asociados con la estructura de ese corazón.

El paso ideal sería poder es tomar el corazón de un donante humano, lavarlo y dejar sólo su matriz, para poner en ella las células del paciente. Lo que es asombroso es cómo las células cardiacas parecen entender cómo proliferar y rellenar este cascarón de corazón. Taylor está ahora pasando a trabajar con corazones de cerdo. Pero claro, un corazón no es sólo músculo, sino que necesita arterias y todo lo demás. En otras palabras, ella tiene el motor dentro del chasis. ¡Pero aun le falta el resto!