con-ciencia

Un blog de Angela Posada-Swafford sobre ciencia, exploración y las cosas extrañas con que me encuentro durante algunos de mis reportajes./ A BLOG ABOUT COOL SCIENCE, EXPLORATION, AND SOME PERSONAL ADVENTURES IN SCIENCE REPORTING.

jueves, 28 de agosto de 2008

¿En qué momento nos convertimos en humanos?


Después de haber conversado con Brian Hare, el especialista en bonobos (un pariente del chimpancé con una mayor “inteligencia emocional”) que entrevisté en Muy Interesante en agosto, me quedé pensando en este asunto de los humanos y los simios. Al mismo tiempo, limpiando el horror de revistas que tengo arrinconadas en la pequeñísima sala de mi apartamento (que es la pesadilla de un minimalista), me encontré con una edición especial de la revista Discover “Las principales 75 preguntas de la ciencia”, que está genial.

Una de las preguntas, que contesta el bio-antropólogo del venerable Field Museum de Chicago Robert Martin, es “¿Cuándo los humanos nos convertimos en humanos? Según Martin:

“Una mejor pregunta sería ¿cuándo se separó de los demás mamíferos la rama que conduce a los primates modernos? La historia clásica es que todos los grupos de los mamíferos modernos se comenzaron a desarrollar apenas hace 65 millones de años después del Período Cretácico cuando el probable meteorito causó la extinción de los dinosaurios. La explicación estándar es que la evolución de los grupos modernos de mamíferos y aves no arrancó sino hasta después de ese evento. Si usted va a donde un paleontólogo y le pregunta ‘¿Cuándo cree usted que comenzaron los primates?’ ese paleontólogo le dirá, ‘bueno, el fósil más viejo que podemos identificar fuera de toda duda como de primate tiene 55 millones de años. Por eso, si añadimos unos cuantos millones de años como margen de seguridad, podemos asumir que los primates evolucionaron hace 60 millones de años’.

Pero yo estuve estudiando los murciélagos, y se me ocurrió que cuando los vimos por primera vez hace 55 millones de años, lucen exactamente iguales a los murciélagos modernos. Todas sus características claves están desarrolladas. Por eso sospeché que las cosas han debido comenzar desde antes, a menos que uno piense que estos animales se materializaron así como así. Entonces me reuní con un matemático y dos estudiantes de posgrado, y desarrollamos un modelo según el cual tomamos el número de especies vivas de primates junto con todas las formas de primates fosilizados, las colocamos al azar en diferentes ramas evolutivas y aplicamos ciertas reglas para calcular cuando emergió el ancestro común. Y la respuesta es que el ancestro común de los primates apareció unos 20 millones de años antes de lo que se cree, o sea, hace unos 85 millones de años.

No estoy seguro de si los primates habrán estado haciendo cabriolas al lado de los dinosaurios. Lo único que podemos decir es que coexistieron en un mismo período de tiempo. Pero no necesariamente en las mismas áreas geográficas. Hay quienes sugieren que los mamíferos modernos evolucionaron en las áreas montañosas, más altas y frías y que por eso desarrollaron el control de su temperatura. Y los dinosaurios evolucionaron en los terrenos más calientes y bajos. Yo creo que vivían en la misma época pero que no se veían el uno al otro”.

De otra manera, ¿qué tal habría sido ver a T-Rex contra King Kong?

lunes, 25 de agosto de 2008

Un hermoso misterio

Foto de nube noctiluscente en la atmósfera superior, tomada por los astronautas/NASA

Esta foto maravillosa tomada por los astronautas de la ISS es una rarísima "nube noctiluscente", que brilla en la oscuridad, al borde del espacio. Abajo aparece la curvatura de la Tierra; encima, las capas amarillas y azul celeste de la troposfera, luego los azules cobaltos de la estratosfera, y muy arriba, la negrura total del espacio. La nube está justo al borde del espacio. Los especialistas calculan que estaba a 83 kilómetros de altura, más alta que el 99.99% de la atmósfera que envuelve al planeta como un fino papel de seda. El cielo a estas alturas es el dominio de las auroras de alta energía y los satélites en decadencia. ¿Qué hace una nube allá tan arriba? Eso mismo se tratan de explicar los científicos de la NASA en este momento.

Estas nubes que brillan en la oscuridad fueron descubiertas en el siglo 19. Parecen filamentos iluminados que se ven al anochecer. Hace décadas sólo se veían en las regiones polares, hacia esta época del año. Pero últimamente se han visto hasta en Irán, a alturas mucho menores que las observadas por los astronautas. Lo poco que se sabe es que están hechas de diminutos cristales de hielo de apenas 40 a 100 nanómetros de anchura, es decir el tamaño perfecto para reflejar la banda azul del espectro de la luz del sol.

¿Por qué se ven ahora en latitudes más ecuatoriales? ¿Será cuestión del calentamiento global? ¿Por qué se comenzaron a ver sólo a partir del siglo 19? ¿Cómo rayos puede haber una capa enrarecida de hielo en una capa de la atmósfera superior que es un millón de veces más seca que el desierto del Sahara?

Nadie lo sabe. ¡Un hermoso misterio!

jueves, 21 de agosto de 2008

Olor detestable…¡para ellos!


Con las lluvias que han caído y siguen cayendo en la Florida últimamente, (cortesía de la tormenta Fay ¡que no se quiere largar de aquí!), los mosquitos están alebrestados. La mayoría de los mortales entonces acudimos a la demostrada eficiencia del repelente a base de DEET. Es cosa de darse un toque de ese spray y las mosquitas que te dejan tranquilo. Pero, ¿por qué?

Desde que fuera descubierto en 1946 y patentado por el Ejército de EE.UU., los científicos han pensado que quizás el producto químico enmascara el olor de los humanos. O que tal vez bloquea de alguna manera el sentido del olfato de los bichos. Pero la respuesta es mucho más sencilla, según un grupo de investigadores de la Universidad de California, en Davis: Y es que los mosquitos simplemente DETESTAN el olor del DEET.

Según el comunicado de prensa, los mosquitos detectan los olores con las antenas. Y los entomólogos de UC descubrieron las neuronas exactas en las antenas de estos insectos que detectan el DEET. Es increíble, dicen ellos, que exista una neurona encargada de detectar un compuesto sintético como es el DEET. Al principio no se lo podían creer. Entonces repitieron los estudios muchas veces, siempre con el mismo resultado: los mosquitos no se acercaban ni muertos a la estación de comida rociada con DEET; entre los que resultaron “ofendidos” con el experimento estaban los de la especie Culex quinquefasciatus, es decir, los que transmiten el West Nile Virus, la encefalitis y la filariasis linfática.

La próxima vez que un mosquito lo vuelva loco, saque el repelente y ríase: si el olor es aburrido para uno, ¡para ellos es mucho peor!

sábado, 16 de agosto de 2008

El día en que me pegaron un tiro



Arriba: Traje protector con la tela Demron-W contra la radiación y los agentes químicos y biológicos
Debajo: Así quedó la bala de 9 mm. que me disparó Miguel Caballero a quemarropa


Ronald DeMeo es un médico de Miami que se inventó algo que parece salido de Batman: una tela anti-radioactividad. Es verdad. El contador Geiger deja de chisporrotear cada vez que el doctor hace su demostración, que consiste en cubrir una delgada moneda metálica radiactiva con su nueva tela-milagro. La tela patentada por DeMeo a través de su empresa Radiation Shield Technologies, es apenas más gruesa que la de los jeans. Y está rellena de partículas de metal y otros compuestos capaces de bloquear los rayos X, los rayos gama de baja energía, y otros tipos de emisiones nucleares que uno pudiera esperar hallar en cualquier parte de una ciudad, desde el consultorio de un médico hasta la zona cero de la explosión de una bomba sucia.

DeMeo hace un millón de dólares al año vendiéndole chalecos anti-radiación a los policías y a los técnicos de los consultorios médicos. Pero ahora quiere atrapar el nicho del mercado militar con su aun más novedosa tela Demron-W, que no sólo es un escudo anti-radiación, sino que parece ser una buena vestimenta para ese infeliz día en que se anuncie la presencia de un agente biológico o químico en el aire. A diferencia de otros materiales con los mismos objetivos, este deja transpirar el calor, es ligero y maleable. Y ya está siendo puesto a prueba en Europa, pues la OTAN compró grandes cantidades.

Haber leído la noticia en The Miami Herald inmediatamente me trajo a la memoria uno de mis momentos de febrilidad, hará cosa de cuatro años, en que me sometí a permitir que el modisto colombiano Miguel Caballero me disparara a quemarropa con una bala de 9 milímetros para comprobar que sus nuevas y elegantes prendas antibala realmente funcionaban (chaquetas de gamuza, smokings, suéteres, camisas, gabardinas, etc.) A mí me tacharon de loca de remate. Y a Caballero lo apodaron “el Armani de la ropa blindada”. Sus clientes van desde los agendes de seguridad de varias embajadas estadounidenses en Latinoamérica, hasta el gabinete del presidente Álvaro Uribe, el actor Steven Segal, el antiguo primer ministro de Corea del Sur (quien tiene la gabardina), dos presidentes centroamericanos, y Hugo Chávez (quien tiene una guayabera roja), entre otros –incluyendo las chamarras de cacería que Caballero le envió a los Príncipes de Asturias como regalo de bodas.

A mí Caballero me pegó el tiro en la parte derecha del estómago. A través de mi chaqueta de gamuza pude sentir como si me hubiesen dado un fuerte empujón con el borrador de un lápiz. Después, mientras la adrenalina que circulaba por todo mi cuerpo me hacía reír a carcajadas, Caballero sacó la bala aplastada entre las capas de kevlar, y me la entregó. Ese es otro más de esos objetos extraños que tengo encima de mi escritorio…

domingo, 10 de agosto de 2008

Hijos de un dios menor

Uno de los cinco escarabajos que tengo como joyas sobre el escritorio

El otro día, revisando viejos videos de un safari en Botswana, redescubrí unas imágenes de escarabajos peloteros (esos que se encargan de procesar la boñiga de los elefantes, leones, rinocerontes y demás bestias de las planicies africanas) haciendo bolas y rodándolas con las patitas traseras. (Aquí hay un divertido video de NatGeo en YouTube - infinitamente mejor que el mío). Ahora recuerdo que cuando los vi por primera vez me dejaron asombrada por su fortaleza, destreza, y por lo mucho que parecían estar divirtiéndose, haciendo acrobacias con sus pelotas gigantes como los atletas del Cirque du Soleil con una bola de playa.

Los videos a su vez me hicieron acordar de los cinco escarabajos verde esmeralda que me regaló mi hermana. Los pobres bichos osaron cruzar el umbral de su casa en Cali, para quedar disecados contra un rincón. Ahora los tengo entre un frasquito de cristal cerca de mi escritorio. Sus lomos bruñidos y lisos lanzan destellos dorados como una joya magnífica.

De todas las criaturas grandes y pequeñas, siempre es la carismática megafauna (los tigres y los osos polares y los pandas) la que personifica a las especies amenazadas. Eso no sólo es vergonzoso, sino peligroso. Puesto que no pueden ganarse su supervivencia a punta de músculo, los animales invertebrados como estos escarabajos tienen trucos que ya quisiera yo ver en un león: filtran el agua, descomponen lo que se muere, airean la tierra, y están cargados de dispositivos geniales que los ingenieros humanos están tratando de copiar.

Por ejemplo, hay un escarabajo que tiene unos filamentos en las alas que usa para sacar agua de la neblina. El diseño ya se usa en “cosechas de neblina” en regiones agrícolas secas. Otro escarabajo es capaz de oler a dos millas de distancia, a un ratón que murió una hora antes. ¿Qué tal ese potencial para hallar a las víctimas de los terremotos?

Ante los ojos de la mayoría de nosotros son hijos de un dios menor. Pero yo les tengo su pequeño altar. Y me regocijo cuando veo que su fiero color verde-dorado no disminuye con el paso de los años.

martes, 5 de agosto de 2008

¡Todo es culpa del Striatum!


Arriba: a punto de descender a 3,000 pies de profundidad en las Bahamas.
Debajo: la región del Striatum ventral de un cerebro humano, iluminada cuando está tomando una opción "aventurera"

Yo sí sabía que tenía que tener algo raro entre la cabeza. Ahora puedo entender por qué a veces me da por congelarme en el polo sur, querer subirme a un avión cazahuracanes, comprimirme bajo el océano, insertarme un microchip en el brazo, servir de conejillo de indias para experimentos en hipergravedad de la Nasa, o comerme algún platillo extraño del reino animal: según un grupo de científicos del Wellcome Trust University College, Londres, existe una región en el cerebro que nos estimula a ser aventureros. La región, localizada en un área primitiva del cerebro, se activa cuando escogemos opciones poco familiares. Y podría explicar también por qué cuando vamos al supermercado y vemos que una marca familiar tiene un logotipo nuevo, lo queremos ensayar.

Durante el experimento se les mostró a los voluntarios una serie de imágenes con las cuales ya estaban familiarizados anteriormente. Cada una de estas imágenes estaba asociada a una probabilidad de recompensa. Pero resulta que cuando se les presentaba a los voluntarios imágenes con las cuales no estaban familiarizados, estos tendían a escoger las imágenes en lugar de continuar con las imágenes familiares, que también eran las más seguras.

Usando escáners de resonancia magnética, que miden el flujo de sangre en el cerebro, para resaltar las áreas que están más activas en un momento dado, la Dra Bianca Wittmann y sus colegas mostraron que cuando los voluntarios escogían la opción desconocida, se iluminaba en su cerebro una región llamada striatum ventral. Esta región está localizada dentro de una parte evolutivamente primitiva del cerebro, lo cual sugiere que el proceso de ser aventurero podría haber resultado algo ventajoso entre nuestros ancestros. Por ejemplo, un mono que escoge irse a otra parte desconocida de la selva donde existe otro tipo de fruta qué comer, podría estar ganando una dieta más nutritiva.

La región del striatum ventral es una de las áreas clave donde el cerebro procesa las recompensas. Esas descargas de neurotransmisores como la dopamina que nos hacen sentir bien y nos dicen que tal o cual comportamiento vale la pena repetirse (por ejemplo comer chocolate o hacer el amor, o hacer ejercicio). Aunque las imágenes no dicen cómo está siendo recompensada la búsqueda de la aventura y la novelería, Wittmann piensa que es también a través de la liberación de dopamina.

Este sistema de recompensas ya está siendo explotado por los expertos en marketing, que cubren viejos productos con nuevos envoltorios, con la esperanza de disparar nuestro sentido de aventura, incluso si eso significa dejar atrás el producto que nos gusta para ensayar este.

En cuanto a mi striatum ventral, se enciende como un árbol de Navidad cada vez que sale una onda tropical de la costa africana, porque no abandona la esperanza de montarse al dichoso cazahuracanes de una vez por todas…